Febrero – Don fernando Pessoa camina veloz por la Baixa de Lisboa

Las pocas fotografías que hay de Fernando Pessoa, repetidas en mil ediciones, conforman un pequeño misterio. En casi ninguna de ellas -como era habitual en la época- el sujeto, es decir don Fernando, posa para el fotógrafo. Más bien al contrario. Su imagen parece una captura casual, un documento gráfico del día a día.

Podemos rastrear sus primeros retratos de infancia en la casa Muñiz Martínez, un establecimiento fotográfico de la Baixa lisboeta que olía a tabaco inglés y chocolate. Allí posó Fernando, de pequeño, junto a sus padres, mucho antes de llegar a ser el personaje metaliterario que su intrincado proyecto parecía necesitar.

Algunos años más tarde, pocos a decir verdad, cuando el círculo vital de los muchos Pessoas está a punto de cerrarse, hay un último retrato de Fernando en el que también posa para el fotógrafo. Lo realizó Augusto Ferreira Gomes, el mítico autor de la olvidada obra «Ekphrasis», en noviembre de 1935, apenas unos días antes de que Fernando Pessoa muriese.

Entre ambas fotografías transcurren 47 años en los que el rastro de su imagen se difumina. Múltiples fotografías anónimas que, sin embargo, debieron ser realizadas por alguien muy próximo a él, han quedado como recuerdo. Una, en concreto, realizada en 1927, debió ser obra de José Regio pero no existe la certidumbre de que así fuera.

El rastro que dejaron las personas que vivieron en el pasado es un acontecimiento arqueológico emotivo pero mucho menos significativo de lo que suele presumirse. Sus vidas, aunque parece difícil creerlo, fueron tan corpóreas como las nuestras, que son tan rastreables y visibles. Los daguerrotipos y retratos que han sobrevivido son una suerte de flashes para nuestra memoria. Flashes que, a medida que avanza el siglo van creciendo en luminosidad hasta conformar esa luz excesiva que ahora nos envuelve.

Pero es otra fotografía de Fernando Pessoa, quizás la más reproducida, también anónima, la que más nos interesa. En ella se le ve caminar por el Chiado o la Baixa, no es posible saberlo, enérgicamente, veloz. Lleva una carpeta bajo el brazo, es invierno, está a punto de poner en marcha su enésimo proyecto editorial, ahora se trata de una revista, «Athena», en ella ha volcado toda su recurrente multiplicidad: es editor, traductor, escritor y maestro de ceremonias de un amasijo de autores portugueses a los que les queda demasiado cerca París y demasiado lejos su propia ciudad.

Es Febrero y ya tiene los contenidos de los tres primeros números, entre ellos una traducción de «The Raven» que ha realizado meticulosamente en su oficina de la Rua de Douradores mientras fingía trabajar. No ha quedado completamente satisfecho con su primera versión y así se lo ha hecho saber a Rui Vaz que participa en el proyecto de un modo que, desde febrero de 1924, irá concretándose paulatinamente hasta acotarse definitivamente en noviembre, fecha en que aparece como codirector del proyecto.

De la historia de Rui Vaz no sabemos prácticamente nada, parece haberse ocultado para nosotros bajo el manto de fama póstuma de su colega Fernando. De la traducción de «The Raven» que vendría a llamarse como es normal «O corvo», no hay -misteriosamente- reediciones en Portugal pero parece ser que fue elogiada por los pocos contemporáneos de Pessoa que leyeron el número 1 de la revista «Athena». Pocos lectores para un círculo cultural mínimo, en una ciudad que hacía muchos años se alejaba del epicentro de cualquier cosa.

Lisboa en 1924, al menos en lo que respecta a la Baixa, territorio habitual del día a día de Pessoa, es prácticamente idéntica a la ciudad por la que hoy paseamos. Hay un motivo que se repite en todas las fotografías tomadas a Pessoa paseando por la calle, es el suelo. Ese sistema de adoquines tan simpático que le confiere una fantástica continuidad estética a toda la geografía urbana portuguesa.

No tenemos noticias de que a Fernando Pessoa le sugiriese nada especial este hecho, a nosotros nos gusta imaginar que sí, que en alguna parte de su baúl hay una nota y en ella, mientras hace cuentas y calcula cuánto le falta por pagar al impresor Libaio da Silva, hay un dibujito, un apunte de un enjambre de adoquines que asume como su propio enjambre de personajes, su universo literario, su obra.

Una magnitud laberíntica de seres, libros, revistas, proyectos inacabados. Sin remedio condenados a boceto de una obra no ya ambiciosa sino imposible.

MANUALES PER(R)UCHO

01. MANUAL ILUSTRADO DE PROYECTOS INCONCLUSOS

Se trata una cajita roja que contiene 12 emocionantes proyectos inconclusos. 12 postales impresas en Letterpress y un calendario de pared.
  • enero 1995 - new year draupter wave
  • febrero 1924 - don fernando pessoa camina veloz por la baixa de lisboa
  • marzo 1847 - primera edición de eureka, un poema en prosa: o el universo físico y metafísico. edgar allan poe
  • abril 1850- ada lovelace imagina un nuevo paradigma y ese paradigma es el nuestro
  • mayo 1978 - theodore kaczynski construye una bomba
  • junio 1965 - un cuervo marxista actúa en una película de pasolini
  • julio 1788 - jan potocki sobrevuela en globo aerostático las calles de varsovia
  • agosto 1917 - maiakovski y lili brik toman té en una dacha
  • septiembre 1940 - walter benjamin se pierde en la biblioteca nacional de francia
  • octubre 1970 - tarkovsky vuelve a rodar stalker y su director de fotografía, rerberg, llora como un niño
  • noviembre 1994 - josep maría fonollosa y joan perucho coinciden en una cafetería de la diagonal
  • diciembre 1969 - rothko penetra por fin en su propio horizonte de sucesos